martes, 4 de febrero de 2014

Miradas de pasillo.

El mismo recorrido de todos los días. La misma gente de todas las mañanas. El mismo destino de todas las semanas. Las mismas paredes, los mismos pasillos, las mismas escaleras... y unos ojos, esos que marcan la diferencia de los días. 
Unas veces están, otras no. Puedo contar lo que transmiten, puedo contar en pocas palabras lo que esos pocos segundos de contacto visual provocan y destruyen. Sin embargo, me gusta extenderme hasta el más mínimo detalle, y más si se trata de algo que me encanta.
Es llegar y comenzar una batalla campal en la misma esquina de los pasillos. Es un contacto delicado, pero a la vez tan brusco como la situación que provocas. Sin querer, seguramente. La conexión dura escasos segundos que se hacen eternos. Si alguno de los dos tuviese el poder de provocar un terremoto —físicamente, claro, ya que con esos ojos cualquiera me desequilibra—, en ese mismo momento hubieran caído los tres pisos del edificio, junto con nosotros, la causa de todo ese desperdicio de material de construcción y sentimientos al límite del abismo. Por esta misma causa, debería denominarnos como "accidente": no quiero imaginarnos en el mismo colchón...
De todas formas, aunque este único contacto sea lo más íntimo que tuviéramos nunca y yo fuera la persona que más ilusiones se hace de todas las que hayas conocido y conocerás en tu vida, espero que una parte de ti nunca olvide ese contacto visual, ese momento en el que podemos estar desnudos sin el "qué dirán", sin barreras que nos separen, sin prejuicios ni temores, sin tu inseguridad y mis ganas de huir de allí.

...O al menos para mí: no sé si sabes que todas estas ilusiones son producto de mi necesidad de ti o de mis vicios. 
Eso si es que al cariño... se le puede llamar vicio.

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